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miércoles, 11 de octubre de 2017

Cultura

La policía de la poesía controla
el ingreso de los artesanos en la casa
El consagrado, con aire grave, posa y pasa.
En su templo ruinoso, la musa baila sola.

Los escribas escriben la crónica que viola
verdades rotas. Su reloj a veces atrasa
-señala las horas cuando la vida fracasa,
los escribas ignoran su brillante aureola-.

Los poetas sin nombre festejan extramuros,
bailan, beben, componen versos, vuelos y besos.
Los pálidos escribas y los guardias del arte

miran la fiesta nuestra con sus lentes oscuros;
no saben cómo se vive, se ama hasta los huesos,
no hacen cultura, sólo saben hacer su parte.

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