en la ciudad
de las marcas de piedra
pájaros de papel cometa
visten el cielo
durante la fiesta
de resurrección.
en la ciudad
de dos lenguas
sueñan las nubes
con besos de niños
al extremo de una piola.
en la ciudad
de las marcas de piedra
pájaros de papel cometa
visten el cielo
durante la fiesta
de resurrección.
en la ciudad
de dos lenguas
sueñan las nubes
con besos de niños
al extremo de una piola.
Cuando llegue la muerte me llamará
por mi nombre completo,
como una madre que regaña
a un niño que ha sobrepasado
el tiempo de juego en la calle.
Cuando llegue la muerte me abrazará
con doloroso cariño,
para llevarme a otros lugares,
para que juegue con otro nombre
y otro rostro.
Cuando llegue la muerte será en su hora,
como una dulce madre que disimula
su triste alegría
por ver y soltar a un hijo
de vida en vida.
Ojalá pudiera escribir
y que me leas.
Ojalá pudiera
soltar un gorrión con cada verso;
levantar un corazón como bandera;
decir las mismas palabras
que brotan como flores en tu boca.
Ojalá.
Ojalá tuviera
en mis manos el don,
en mis ojos la visión de un mundo claro
más allá de la curva siempre lejana
del horizonte.
Ojalá no tuviera esta certeza
de ser un peón torpe,
de no calzar en los zapatos que pide
la tarea.
Ojalá estos ojos míos,
mojados en la negra lluvia
del desencanto,
pudieran ver.
Ojalá cuando cante mis otoños
lleguen a tu alma primaveras.
Ojalá, ya que no soy
el hombre
que merece la canción;
vos seas quien tenga la voz clara,
el alma pura,
la mirada más allá del barro
que nos rodea.
Ojalá camines libre
y que yo te vea.
Yo no sabría, no hubiera podido,
zapatero,
estar en tus zapatos.
Desde siempre te admiré
y fuiste en secreto ejemplo
del padre que nunca
pude ser.
Ahora voy a decirte chau,
a saludar a desconsoladas ramas de tu árbol,
a decirte hasta luego,
hasta la próxima vida.
Luego me iré caminando,
intentando ser digno
de tus zapatos.
Yo no soy de acá,
pero acá tengo mi casa.
La frontera me cubre
como una bandera de un país
inexistente.
Yo soy un extranjero
sobre la tierra y el cielo.
Yo no soy de acá, me repito
cada mañana al espejo,
pero el reflejo no tiene lugar
ni devuelve luz a mis ojos.
Yo no soy de acá
pero mi sombra besa este suelo.
Yo soy de un lugar de la frontera
entre la vigilia y el sueño.
Yo soy
el de párpados ciegos.
Hay días en que sorprendo
la negrura de mi alma
como si asomara a un pozo séptico
escondido bajo un baptisterio.
Hay días que desearía sentir dolor
en ese muñón que guarda mi pecho.
Un asesino se ha matado y sólo siento
empatía por sus víctimas,
un alivio podrido.
-la empatía que no hace nada es estéril,
la santa indignación del televidente
que no se acerca a abrazar,
sólo se enfurece mirando la pantalla
limpia de sangre-
Un asesino ha cocinado su karma maldito
y yo veo en el espejo dos brasas apagadas
que miran sin piedad,
sin compasión.
¿Importa ahora que declare
que el asesino en cuestión tenía
galones dorados?
¿O quizá nació en la pobreza
y escondido en ella justificaba
su sino terrible?
Un asesino es un asesino,
alguien que salpica a la manada
que lo vio crecer
sin decir nada
hasta que nada importó ya.
Hasta que respiró aliviada
cuando supo de su muerte.