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sábado, 30 de julio de 2016

Blanco

La pantalla me interroga. El cursor parpadea sobre el blanco que deja en segundos de ser inmaculado. Borro, no puedo aceptar mi propia estupidez y borro. Borr. Bor. Bo. B.
Retrocedo, indeciso. No puedo decir, pero hay cosas indecibles, inefables (no son sinónimos, pero casi). 
Como no tengo los nombres en los dedos, garabateo palabras innominadas. Anónimas. No son sinónimos ni de cerca.
La lengua se me va, no habla, no fabla, no fabula. No hay fábula, no hay cuento. No hay verso ni poesía. Versero, cuentero. ya ni me quedan títulos. Estoy como el papel que me gritaba su silencio en la Cónsul, aquella que aporreaba de pendejo en mi habitación de hippie. Estoy como la pantalla, blanco. Sin ideas, desideado. Desidia. Qué pobre lluvia de palabras parónimas que no mojan ni nombran.
Hay por ahí demonios que piden a gritos una crucifixión piadosa. Cruz y ficción, y a mí no me sale siquiera una ficción para atormentar a mis propios demonios, que han engordado tanto que ni siquiera se toman el trabajo de atormentarme. Hay por ahí ángeles que recorren descalzos kilómetros de sabanas por un litro de agua. Sistema métrico mortal, los matarán unos gramos de plomo porque sí, por pura práctica de la maldad. 
Y yo acá, sistema tétrico que dice mal, que no dice, que está indeciso, indeseable, indeleble a tintas que me salgan y me construyan. 
Blanco. Un puto blanco que ni para escribir sirve. Que se interroga demasiado, que va y retrocede. Retroced. 
Allá los ángeles, los demonios, las cosas y los nombres. 
Acá los dedos que lloran sin poder nombrar el dolor. Algo he de hacer, publicar, levantarme y vivir. Lavarme la cara y afrontar el día. Blanco manchado, contaminado de sol y sal, de vida. 
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