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jueves, 1 de septiembre de 2011

Romance del olvidado de Dios

El tiempo se equivocó contigo, amada mía. Alá se equivocó. Y soy consciente de la blasfemia de mis palabras, pero no hay otras que salgan de mi boca.
Perforan mi memoria como brasas encendidas los momentos previos a nuestra despedida. Creímos burlar al destino cuando nos encontramos en aquel apartado rincón del bazaar. Nos juramos amor eterno con miradas, mis labios atravesaron el aire y tu velo para un beso que nunca llegó. Luego la escapada furtiva, te iba a encontrar luego, pero nunca llegaste.
Tenía que irme, no podía quedarme ese día en la aldea. Me fui soñando mientras mis ojos te veían en la arena, todo tu ser se trasparentaba. Primero, por supuesto, las ropas. Te vi virginal y hermosa, la bronceada piel entregándose a mis manos, tu cuerpo inaugurándose en una boda prohibida y majestuosa, sólo nuestra; lo que de hombre tienen mis deseos tomándote por asalto, ardiendo en tu vientre como una tea. Pero luego se transparentó tu cuerpo y vi tu alma libre, por encima de los patriarcas y la Palabra, por encima del profeta y de Alá. Tu alma uniéndose a la mía. Sé que Alá no considerará blasfemia mis sueños enardecidos por el amor. Él no.
Entonces lo supe. Atravesé océanos de agonía hasta frenar mi caballo en seco, cuando te vi, un pingajo sepultado bajo las piedras. Mi hermano, que siempre me cuidó y me acompañó, me arrancó de allí, sabiendo mi destino.
Juré vengarte. Juré que el culpable de tu desgracia pagaría. Juré que Alá cobraría tu muerte por mi mano. Y eso hago. Partimos esta noche al mando de Salā ad-Dīn, a expulsar a los infieles. Un infiel encontrará mi cuerpo, carne de su acero. Y ahí estarás vengada.
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