Translate

martes, 9 de agosto de 2011

Cordero de Dios

Mi viejo tenía un talento raro. Degollaba corderos y lechones como nadie. Claro, ese no era su único talento, ni el más celebrado por la familia, considerando además que era una familia muy urbana y que mi viejo jamás vivió en el campo. Cómo adquirió ese talento (ya verán por qué me empeño en llamarlo así) no lo sé. Su trabajo era crear matrices en una metalúrgica, lo menos rural que a uno se le puede ocurrir. Asociado a su labor, desarrolló otro talento, este sí celebrado y admirado por todos: hacía maravillas con lo que fuera metálico. Si no hubiera sido obrero, lo habrían llamado artista, sin dudas. Recuerdo un tintero que me regaló, directamente de sus manos: era un nido y la tapa un hermoso pájaro de bronce. A mí me gustaba más que el Entrevero, sólo le faltaba cantar.

Volviendo al talento raro del principio, era muy útil en las fiestas. Claro que hablo de un tiempo ido, donde era cosa común que a la gente le vendieran o regalaran lechones y corderos vivos. En esos días se apreciaba como muy oportuno que alguien supiera matarlos y carnearlos, condición previa para poder asarlos y comerlos. Ahora cuesta creerlo, pero esas costillitas que uno compra empaquetadas y con precio en un supermercado, unos días u horas antes pastaban o se revolcaban. Mi viejo entonces era llamado a carnear bichos, como él decía, en fiestas familiares, o de vecinos o compañeros de trabajo. Gracias a estos convites la familia siempre comía bien en las fiestas, no pasaba una Navidad o Año Nuevo que no hubiera en la heladera una buena reserva de carne, aún en los años más duros.
Parte del talento de mi viejo consistía en lograr que el bicho sufriera lo menos posible, o que al menos no chillara demasiado, lo que en el caso de los lechones es todo un logro. Esto lo supimos más por mentas que por conocimiento directo, ya que casi nunca nos permitió acompañarlo. Hasta aquella Navidad, o en realidad, hasta aquel 23 de diciembre. Un compañero de trabajo le pidió ayuda a mi viejo, porque le habían regalado y quería asarlo, pero no se animba a sacrificarlo. Así dijo, sacrificarlo. Ya de entrada la palabrita no le gustó a papá. Lo hacía sentir verdugo. Creo que por eso, para limpiarse, para sentirse de nuevo hombre de bien y padre, me llamó la tardecita anterior.

—Hijo (la cosa venía seria para que me dijera hijo), ahora ya sos un hombre, vas a cumplir quince años y tenés que conocer más de la vida.

Yo lo primero que pensé es que me iba a llevar a un quilombo. Casi todos los gurises del barrio pasaban por eso en la adolescencia, era un tema recurrente cuando alguno venía haciéndose el Steve McQuenn porque había debutado con la Rosario o la Porteña, las divas del Farolito. Se me hizo un avispero en el estómago.

—Por eso vas a venir conmigo a carnear mañana. El avispero se me hizo un temporal. A la pipeta. Era mucho más de lo que yo esperaba. No pude cenar esa noche, es decir, no pude terminar el segundo plato, que en casa era casi lo mismo. Y se ve que mi madre ya sabía, porque no me dijo nada cuando me levanté de la mesa. Cuando mi hermana me quiso imitar la paró en seco.

—¿Adónde va?

Que mi vieja no te tuteara era grave. No hacía falta más nada, la rebelión se cortó enseguida y la petisa tuvo que tomar un plato extra de sopa.

La noche no terminaba cuando vino papá a despertarme. Desayunamos en silencio y mi viejo, sin preguntarme si quería, me volcó una buena cantidad de café negrísimo en la jarra que yo había limpiado de leche.

—Si sos hombre para una cosa sos hombre para todo.

Me dijo. Se me iluminó la cara, pero debió leérmela muy bien, porque me dijo enseguida:

—Para casi todo. Ni te creas que vas a fumar. No mientras estés en casa.

El viaje era largo, pero no hubo más comentarios al tema. Cuando llegamos a la casa me pareció muy linda, muy cuidada. El jardín me hizo acordar al nuestro, pero tenía demasiados enanos. En el porche nos esperaba el compañero de mi viejo, tomando mate. Si no se paraba a recibirnos, hubiera pensado que era un enano de jardín más. Era un tipo simpático, pero ese día estaba muy nervioso, notoriamente incómodo, le contó a papá que adentro estaban la mamá y la hermana, con las que convivía (era soltero, pero no tan mayor como para que eso fuera motivo de comentarios en la fábrica). A mí no me llamó mucho la atención, pero al viejo pareció no gustarle mucho.

Sacó del bolso un facón largo, con su vaina, se lo cruzó en el cinto, a la espalda y le dijo al tipo que quería ver al animal. Fuimos hasta el fondo y ahí estaba el cordero, ajeno a todo, pastando, atado con una cuerdita al parante del galpón. A mí se me vino a la mente el destino del pobre bicho y se me helaron las tripas, pero al viejo lo noté como resignado, como si lo llevara la
decisión de hacer lo que otros no se animaban pero era necesario. No disfrutaba la situación, era evidente. Supe en ese momento que haría lo posible para evitar al animal todo dolor inútil. No era mentira lo que contaban.

Estábamos en eso cuando de adentro de la casa salió una mujer joven, supuse que la hermana del dueño de casa (no sé por qué lo imagino así, dueño), que nos invitó a entrar. Quedamos azorados, no estaba en los planes. Mi viejo guardó el facón en el bolso y entró, yo lo seguí. No mucho, porque apenas asomó se frenó de golpe y lo peché sin querer. No era para menos, el espectáculo que había en la cocina era estremecedor. Había una especie de altar, con un dibujo muy popular de Cristo con el pecho abierto y un corazón refulgente en el medio. Varias velas encendidas debajo y enfrente al altar improvisado, las dos mujeres enlutadas como para una misa de difunto (creo que lo noté recién ahí, no me había llamado la atención afuera). La madre nos invitó a acompañarlas a orar “por el cordero de Dios”. Mi viejo se volvió sin contestarle y encaró a su compañero que esperaba afuera mirando las hormigas, como un gurí sorprendido en plena artería. Creí que mi viejo explotaba, por las dudas y antes que se diera cuenta me apoderé del bolso. Pero no, se limitó a señalarlo con el dedo, aunque yo prefería mil veces un fusil a ese dedo.

—Más nunca me pidas nada —le soltó y yo pensé que el pobre tipo se largaba a llorar, pero se contuvo.

Volvíamos en silencio, aunque al pasar el ómnibus las paradas mi viejo iba aflojando; casi me pareció que reía cuando me dijo, como buscando una compensación que yo no había solicitado:

—El domingo te llevo al Estadio, Nacional juega un amistoso.

Nos llegó la invitación para pasar Nochebuena en casa de unos tíos, como ya era tradición, pero mis padres rechazaron con mucha diplomacia la oferta, con la excusa de que papá andaba mal del estómago y no queríamos que se tentara a tomar o comer algo que no le hiciera bien. No era del todo excusa, pero nunca había impedido que fuéramos. Aún así, había muy buena relación, por lo que no hicieron falta mayores explicaciones.

Esa Navidad pasamos bien, sólo nosotros, y por primera vez en muchas Nochebuenas cenamos ravioles de verdura, amasados por mamá. Riquísimos.

Publicar un comentario en la entrada