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martes, 23 de agosto de 2011

Lluvia

Él se acercó por detrás, sigiloso. Ella aparentaba distracción, pero ambos sabían que era parte del juego. Él arrimo sus labios al oído de ella y susurró las palabras justas, las claves que abren la pasión. Un murmullo de pétalos se arremolinó en la brisa repentina de la mañana. Ella giró y lo besó sin aviso, y el beso fue recibido con la misma falsa sorpresa con la que llegaron las palabras. La mañana tuvo un brillo fugaz, repentino, esos brillos falsos que anuncian las tormentas. Entonces él la acarició, le tomó el rostro y devolvió el beso, intenso, rojo. Las nubes cubrieron de pronto el cielo.
Se abrazaron y la piel de ambos fue una sola, el contacto quemaba pero era un incendio buscado, querido. Tronó y el mundo tuvo miedo. Hubo millares de besos, caricias locas, amor táctil. Hasta que sucedió y fue eterno, fue un instante. La lluvia cubrió la tierra, fertilizándola, amándola, volviendo a ella.
Dios miró la escena complacido, mientras ellos volaban unidos por milenios hasta más allá de cualquier cielo. Pensó, y en ese pensamiento, como siempre, hizo: “los humanos, pequeños seres, no saben cómo es el amor de los ángeles. Quizás el menor de sus poetas lo imagine.”
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