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jueves, 14 de mayo de 2015

Boys don't cry

Mi viejo jamás me dijo que los hombres no lloran,
nunca hubiera dicho semejante burrada.
Él me enseñó a llorar para adentro,
a bancármela callado y levantarme.
Me enseñó a doblar el lomo por la casa
y no agachar la cabeza ante nadie.
Aprendí a ser hombre sin palabras,
viendo partir sus manos por el pan de la familia.
Los rituales tienen sentido cuando dicen
como el puño rebelde que se alza
y jamás se baja hacia los suyos.
Mi viejo rara vez hablaba orgullo
lo decía con los ojos y con las manos.
Imagino ese verdor encendido
todavía hoy vivo en su sangre.

Mi madre es de esa gente que no alza la voz
pero dice tan fuerte como mil enciclopedias.
Está siempre, en todos lados.
No recuerdo una parada difícil sin ella.
Me enseñó respeto hacia todos
empezando por mí mismo.
Lee mis poemas como si fueran joyas literarias
y me hace sentir el mayor de los poetas.
Es fácil escribir su cercanía,
su mano mágica en la cocina
su honor, su libertad.
Somos lo que somos por mi madre:
aprendimos a arremangarnos con ella,
a ser solidarios hasta las últimas,
a confiar en el otro hasta la vida.
Jamás me dijo que los hombres no lloran,
nunca hubiera dicho semejante burrada.

El amor es ver lo que mis viejos hicieron con nosotros.
Es jamás haberse sentido pobre aún en la más puta miseria.

Es mucho más que días rojos en el calendario.
Por eso el aparente retraso de este poema.


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