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lunes, 3 de noviembre de 2014

por ética

Hay dos actitudes cuando uno se pone a escribir. Una es la que estoy asumiendo ahora, descriptiva, taxonómica, que podemos definir como relacionada a lo que es. Otra es normativa, o declarativa, que podemos definir como relacionada a lo que debe ser.
Cuando uno se pone a escribir de literatura puede adoptar, entonces, una actitud científica o pseudo científica, que debería ser descriptiva (nótese cómo se puede ser normativo acerca de lo que es descriptivo, de paso), es decir, que debería decirnos qué corno es lo que la gente entiende por literatura. La gente, ese ente difuso y con márgenes borrosos, pero no el autor. El autor debería (otra vez debería...) quedarse piola y no meter sus creencias y sus prejuicios en el medio. Debería, pero se complica. A lo que podemos esperar, en el mejor de los casos, es a un autor honesto que reconozca sus prejuicios como tales a la hora de mostrarlos.
La otra actitud entonces es la declarativa. Porque por más que nos sintamos dictadores de la literatura y nos empeñemos en decir que las cosas son como decimos que son y deberían ser lo que se nos antoja a nosotros que sean, o de la forma que se nos cuadra; en definitiva la gente (ese ente difuso, etcétera) no nos va a dar pelota. O sí, pero eso no cambia las cosas, sólo la manera de ver esas cosas por un grupo más o menos reducido de gente (ni me meto a hablar de la fenomenología y anexos, la dejo por ahí y punto).
Toda esta introducción para distinguir entre la teoría de la literatura y la poética personal de cada autor, es decir, entre los que se ponen a analizar la literatura como un objeto y los que se sinceran y dicen “yo escribo así por tal y tal motivo”, llegando al extremo de los que dicen “se debe escribir así”.
Bueno, ahora cambio la actitud. Paso a la segunda: declaro.
Declaro escribir, para empezar. La primera pregunta hipotética a responder, sería ¿por qué? Porque sí. Porque me hace bien, largo toda la basura y suelto todos mis ángeles a volar mientras escribo. No sé si es una necesidad, al menos si es una necesidad comparable a las fisiológicas como orinar, comer o respirar; o comparable a las espirituales como amar, reír o putear (hago la aclaración que en rioplatense básico putear significa proferir diatribas contra el aire o contra el que se cruce en mal momento). Pero es necesario, cada tanto, largar, decir con los dedos, dejar en signos quietos mi bien y mi mal.
La segunda pregunta es para qué. Que no es lo mismo que por qué. Bueno, la respuesta es más sencilla: escribo para que otro lea. Ese otro que puedo llamar lector suele ser conocido (tan poquitos son), pero tengo la pretensión de que no necesariamente lo sea.
La tercera pregunta, y acá viene lo más complicado, es cómo. Bueno, al menos cómo intento que sea el resultado. Y acá me voy a explayar un poquito:
Escribo, ante todo, poesía. Es lo que más me interesa y lo que (creo) mejor me sale. Lo que no habla muy bien de lo demás, en comparación.
Hay poetas que tienen todo un sistema elaborado: sus poéticas. Son famosos Mallarmé, Rimbaud, Valery, Huidobro... sobre todo, los que la teoría literaria (ya me iba a servir haberla mencionado) agrupa en ismos. Y uno tiende a arrimarse a esos ismos, que son como árboles en una tormenta. A veces, sólo a veces, nos animamos al descampado. Nos mojamos, claro.
Bueno, mi manera de mojarme es darle pelota sobre todo a la frase. Decir como puñetazo, así es la mejor manera, se me ocurre, como puedo decir. Y que la frase además signifique, claro.
Todo esto no deja de ser una pretensión, un intento. Por eso, como manejo con limitación las pretensiones trato de no buscar que además tenga un vuelo, o que juegue con la sonoridad, o que bucee entre simbolismos varios. A veces hago eso pero es de puro inconsciente, nomás, y así me sale (como mi cara).
Cuando por una de esas logro o creo lograr la frase, sigo el juego con el poema. Es decir, trato de continuar el intento verso a verso, estrofa a estrofa. Me pongo por momentos exquisito o exigente y termino exiguo y exhausto, después de intentar malamente un soneto, una décima o un hayku. Esto último me ha dado varios dolores de cabeza, porque aparecen expertos desde abajo de las piedras (y yo que me conformaba apenas con cuatro ex-). Y realmente termino dándome cuenta de lo al pedo que son todas esas teorías de cómo deben ser las cosas. Pero ni así aflojo con mi propia teoría de cómo debe ser mi poema.


Ahora, lector (sí, vos, ¿a quién te creés que le hablo en esta soledad? Casi te puedo nombrar de poquitos que son), ahora ya sabés mi secreto a voces. Mi sistema antisistema. Ahora podrás leer mis poemas y ponerte en crítico, subrayando cada error. O al menos eso espero, porque te digo la verdad, los poetas somos pésimos criticando nuestro propio laburo.  
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