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domingo, 2 de diciembre de 2012

El discípulo de Merlín


Merlín escalaba la montaña con facilidad. Nadie diría que ese hombre tenía más de cien años, menos cuando los hombres más ancianos tenían sesenta y ya esperaban la muerte como recompensa esquiva. Pero la agilidad de Merlín era solo uno de sus atributos y no el más sorpendente. Lo descubrieron tarde los hombres que quisieron impedir su ascenso; algunos fueron fulminados como por rayo, otros terminaron cacareando como gallinas, los más prudentes simplemente huyeron al galope, con tanta prisa que se dice que algunos embarcaron sin bajar del caballo, tal su apuro para abandonar las costas de la tierra que pisara el mago.
Yo no huí ni fui tan tonto como para combatirlo. Descabalgué y mientras mi caballo pastaba observé sentado el destino de mis compañeros. Acudí con curiosidad ante la fama de este mago que había atravesado Europa para subir esta montaña maldita. Me intrigaba la razón de tomar semejante riesgo; se decía que la montaña estaba habitada por el último sobreviviente de los apóstoles de Cristo, algo descabellado si se tiene en cuenta que ese apostol tendría unos quinientos años. Acudían muchos peregrinos, pero ninguno bajaba la montaña. Harto de tanto suicida, el estrategos ordenó que se disuayera a los peregrinos de tal viaje. Pero Merlín no era algo común.
Cuando todos mis compañeros habían dejado el lugar -en forma de humo, al galope o cacareando con los brazos doblados como si fueran alas- Merlín me habló, como si leyera en mi cabeza lo que yo todavía no sabía que pensaba:
Si quieres servirme y aprender de mí, deja a tu caballo y sígueme. No te preocupes por él, nadie lo tocará y estará aquí esperándote a nuestro descenso.
Así que le hice caso. También dejé mi armadura, aunque llevé mi espada. Después de semejante demostración debía confiar en su palabra.
Ascendimos con relativa facilidad, aunque el anciano (ya empezaba a desconfiar de ese término) debía esperarme a mí, un legionario romano joven, una promesa del ejército bizantino, no mostraba impaciencia. Como si todo fuera parte de un plan que sólo él conocía, mi presencia allí no era para el mago menos previsible que el cielo o las piedras. Acampamos al anochecer, junte algunas ramas secas y Merlín encendió el fuego con un distraído movimiento de manos. Quise preguntarle qué hacía allí, tan lejos de su Britania natal, pero no sabía cómo comenzar.
¿Puedo hacerte una pregunta?
Debes elegir mejor las palabras, Marco (claro que jamás le dije mi nombre, que era ese, por supuesto), si me preguntas si puedes hacerme una pregunta primero es que estás suponiendo que la respuesta es que sí, y segundo que ya estás usando esa pregunta y te quedarás sin autorización para otra. Pero haré de cuenta que no te escuché y espero que reformules tu pregunta con mejores palabras. Además, debes dar por sentado que nada te impide hacer las preguntas que quieras, yo por mi parte te responderé lo que yo quiera, si yo quiero hacerlo.
Demoré unos segundos en entender su razonamiento. Entonces traté de simplificar el camino y preguntar directamente lo que quería, sin vueltas.
¿Qué estás haciendo tan lejos de Britannia?
Escalo una montaña. Me decepcionas, Marco. Vamos, pregunta lo importante, no lo que se te viene a la cabeza en primer lugar.
Me empezaba a fastidiar esa actitud, pero me di cuenta que “aprender de él” significaba eso. Poner atención a cada una de sus palabras y sus acciones, así parecieran sin importancia. Traté entonces de pensar qué era lo importante para él.
¿Qué esperas encontrar?
Respuestas. Creo que empezaste a entender de qué se trata. Bien. Supongo que conoces la fama de esta montaña.
Sí, se dice que todavía vive en ella Juan, el discípulo amado del Christos, aunque es una leyenda que no tiene mucho sentido, nadie vive tanto tiempo. También se dice, por otro lado, que murió en Patmos.
Bueno, si es así vamos a averiguarlo en poco tiempo, ¿no?
Por un momento no supe qué responder. Observé al viejo mago jugar con el fuego: movía las manos y de pronto las llamas tomaban formas de animales; ora un caballo, ora un dragón, ora un cisne. Sonreía satisfecho como un niño y noté la juventud en sus ojos. Era un niño anciano en una montaña sin tiempo. Algo de pronto me hizo dudar... ¿y si la montaña...? No, imposible. Pero debía preguntarle.
Merlín, ¿es posible que la montaña guarde el secreto de la eterna juventud?
Las formas abandonaron las llamas. El mago me miró sorprendido.
¡Muy bien! —Exclamó. Yo ya me iba acostumbrando a la idea de que rara vez me respondería directamente una pregunta, no al menos de la forma que yo esperaba. —Sí, hay una relación entre la montaña y la juventud eterna. Pero no la que imaginas. Se debe a su huesped. Pero vamos a dormir, no te preocupes ya de estas cosas.
No me resultó fácil conciliar el sueño. Estaba hablando con una leyenda viva y al otro día probablemente me enfrentara a una leyenda aún más extraña. Finalmente me ganó el cansancio.

Merlín me despertó con su cayado. Era una vieja rama de sauce que juraría que estaba reverdecida, pero entre tantas cosas extrañanas ya no me podía asombrar de nada. Desayunamos nueces que Merlín guardaba en su zurrón y unas aceitunas y algo de queso que yo llevaba en mi alforja. Cerca del improvisado campamento transcurría un arroyo del que bebimos y repusimos agua para el camino. El agua era cristalina y estaba helada, pero nunca me sentí tan vivo como después de haberla bebido. Tan así, que pude llevarle el paso a Merlín sin dificultad, por lo que poco tiempo después estábamos casi alcanzando la cima. A poco de llegar nos encontramos con una cabaña. Nos detuvimos y quedamos paralizados, como de piedra.
Bueno, a lo que vinimos. —Dijo Merlín, y avanzó. Yo permanecí quieto en mi lugar, por lo que Merlín se dio vuelta y me dijo:
Vamos, Marco. ¿No vienes?
No, maestro (era la primera vez que lo llamaba así, no sé por qué). Yo no soy digno. Te espero aquí.
El mago britano me midió con la mirada. Creo que estaba juzgando que le decía la verdad, y no era una excusa para ocultar cobardía.
Bien. Espera entonces aquí. Tu humildad será recompensada.
Esperé por horas, pasó la noche y volvió la luz del nuevo día. Yo seguía de pie, no estaba cansado, no me molestó esperar; sabía que dentro de esa cabaña había algo que yo no podía entender, que era mucho más grande que yo, y la conciencia de su cercanía me mantenía firme y con energía.
Finalmente, sobre el mediodía, salió Merlín de esa cabaña. Sus ojos sonreían, pero no dijo una palabra. Comenzamos el descenso sin hablar. Acampamos en el mismo lugar que al acenso. Recién ahí me animé a preguntar:
¿Obtuviste la respuesta que esperabas?
No. Pero la que recibí es mejor de la que esperaba.
No me aclaró más, tampoco insistí en el tema. Había otras cosas que despertaban mi curiosidad.
¿Era Juan el que habitaba esa cabaña?
Sí, era Juan. Un gran hombre que espera el regreso de su mesías.
Algo me intriga, maestro, ¿qué pasó con todos los peregrinos? Porque muchos llegaron a esta montaña y nunca bajaron de ella.
Merlín rió como nunca había escuchado, se diría que había oído una buena broma, la que yo no alcanzaba a comprender como tal.
Disculpa, ¿los peregrinos? Aunque no lo creas, Juan sabía que estabas ahí afuera y que me ibas a preguntar eso. No fue necesario que le preguntara. Los peregrinos hicieron lo mismo que tú, pero por otras razones. Muchos llegaron a la cima, otros quedaron a mitad de camino. Todos se detuvieron por cobardía, por la mala fama de la montaña o por miedo a comprobar que fuera verdad lo que creían. Entonces, ¿qué iban a hacer? De esa manera, todos terminaron huyendo. Pero con tanta vergüenza que descendieron por la ladera posterior de la montaña. Pero tú no. Tu te detuviste porque no te consideraste digno de su presencia. Yo, por otro lado, soy mensajero de otros dioses, vine a ver a un hombre, no a una entidad sagrada. Por eso, aunque las respuestas las obtuve yo, tú obtuviste el premio que merecías, el que nunca reclamaste.
Me dejó más confuso de lo que ya estaba. Sólo atiné a preguntar:
¿Qué premio, maestro?
La inmortalidad, la eterna juventud.

Desde ese día no me separé de Merlín. Descendimos la montaña, donde nos esperaba mi caballo y otro más que no había visto antes, un hermoso percherón negro de Britania. Lo acompañe en su regreso a su país. Lo vi forjar un rey como se forja una espada, templarlo y convertirlo en leyenda. Vimos el apogeo y la caída de Camelot. Vimos como su historia se olvidaba, y poco a poco quedaba de ese magnífico reino sólo material para canciones de los bardos. Nos retiramos a los bosques, donde Merlín era feliz con sus hadas y elfos. Ellos me aceptaron también a mí. Finalmente, doscientos cincuenta años después de nuestro encuentro, mi maestro se despidió de mí y de este mundo. Tuvo un funeral digno de rey, aunque fui el único humano (si me cabe todavía tal descripción) presente: miles de hadas, elfos y gnomos llegaron de toda la isla. Me cupo el honor de encender la pira, y supe que su alma descansó en Ávalon.

Recorrí todo el mundo, aprendí de muchos otros maestros y tuve mis discípulos. Fui pastor, guerrero, mago, rey y maestro. Enseñé ciencias abiertas y ocultas. Acompañé a grandes hombres en empresas colosales y revoluciones. Vi morir y matar en nombre de dioses, de religiones y de ideas. Vi como los hombres dejaron de creer, perdieron su fe y entregaron su esperanza. Muchas veces agradecí la bendición de ver y vivir este mundo y muchas otras sentí mi inmortalidad como una maldición, muchas veces quise morir. Hace poco me sorprendió (sí, todavía puedo sorprenderme de algunas cosas) como la raza humana sigue buscando formas de comunicarse. Entonces se me ocurrió dejar este testimonio en Internet. Es más efectivo que un mensaje en una botella, o un manuscrito en una biblioteca. Al menos en este tiempo. Sé que quien lea estas palabras dudará de ellas, que la versión del mundo que se cuenta no coincidirá con la que yo recuerdo. Habrá alguien que crea en ellas para ellos es este relato. Yo volveré a donde empezó mi historia, cierta montaña junto a aquel que no me atreví a conocer, a esperar juntos la llegada del mesías. Y a preguntarle lo que mi maestro nunca me dijo: ¿qué respuesta tuvo Merlín? 
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