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miércoles, 6 de julio de 2011

Honestidad brutal

Primera aclaración: esto no es un cuento. No tiene nada de ficción. Es más, no tiene nada de literario, ni siquiera la pretensión. Esto es algo que sirve para un lado de introducción al blog (introducción molesta, como todo prólogo) y a la vez puede considerarse un ejercicio catártico. Otro, ya que toda literatura en mayor o menor medida lo es, sólo que esto que nadie está leyendo, como todo lo de este blog, es manifiestamente catártico, no se esconde.
Abrí este blog por la misma razón por la que dos por tres me da por tomar papel y lápiz y escribir: necesito escribir. Es una adicción que por suerte no deja mayores secuelas que una inflamación del ego, pero que se cura enseguida si uno lee a un escritor de verdad sin vendas en los ojos. Por supuesto que existen sitios en internet donde escritores noveles (linda palabra, novel. No confundir con Nobel, la diferencia entre las dos es de años y prestigio) publican sus obras. Pero por diversas razones me gustó esta de armar un blog, que se parece menos a una botella al mar que a una pedrada en el medio del océano. Es decir, su fin es molestar, pero lo más probable es que pase desapercibida.
Ahora bien, expuestas algunas de las razones, lo que es lo mismo que decir que escondidas otras que serán supuestas por supuestos lectores, viene la parte catártica del artículo desarticulado: Detesto la honestidad brutal. No me gusta esa honestidad ofensiva, que procura el daño disfrazado de consejo. Esto no tiene nada que ver con las críticas, que si son bien hechas, así sean malas o buenas son herramientas de construcción, pero si son mal hechas, buenas o malas son zalamerías o grititos histéricos, pero en definitiva son aire que va y no se respira.
Me refiero por honestidad brutal a aquellos supuestos consejos que con el pretexto de ayudar lastiman sin ningún beneficio a sus receptores. Me refiero a esas naderías como "Te quedó horrible", "Lo que pasa es que no te toman en serio porque te faltan dientes/ tenés mal aliento/ sos desaliñado/ no te teñís el pelo/ (llenar a gusto)", "vos gastás mucho, por eso no te da la plata", dichas siempre por personas a las que les da lo mismo que su aseveración, más allá de ser acertada o no, caigan en el otro como una patada a la autoestima.
Hace unos años se pasaba por la televisión uruguaya un spot publicitario en el que una señora advertía que su marido "siempre decía la verdad". Inmediatamente se lo ve al hombre en cuestión diciéndole cosas a la gente como "feíta la criatura" (por un bebé), "te quedó espantoso, amor" (al probar la comida de su esposa), "creció la vecinita" (siendo la vecinita en cuestión un despelote de mujer y dirigiéndose a su esposa). Ese spot no se pasa más por la televisión, pero sí en el cine, y he comprobado que es un clásico del humor nacional. Al menos así se recibe. Causa mucha gracia entre el público escuchar una y otra vez las mismas cosas. El chiste, es cómo el tipo puede ser tan ¿honesto? La palabra que está en boca de muchos es simplemente hijo de puta. Y eso es celebrado. Claro, porque es un spot y el receptor de esas frases es otro.
La pregunta, que quedará seguramente sin contestar al no tener destinatario cierto, es, ¿nos bancamos realmente esa honestidad? Al parecer sí, porque es un valor apreciado la "frontalidad". "Lo que pasa es que yo soy frontal" es un justificativo ante cualquier disparate dicho sin reflexionar. O aparentemente sin reflexión previa. Tomo partido abiertamente en contra de dicha postura. Detesto esa honestidad brutal, esa frontalidad contradictoria que mintiendo frente nos da la espalda. Si hay honestidad, que sea real, que sea piadosa. En el viejo sentido bíblico de la palabra piedad: amor.
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