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sábado, 14 de septiembre de 2013

ventanillas

La ciudad transcurre por los costados del ómnibus;
la gente mira sin mirar por las ventanillas
imágenes que gritan, lloran, susurran, blasfeman:
afiches rotos con mensajes ya vencidos,
arte de aerosol asomando entre firmas desesperadas,
lobunas marcas de territorio -casi inadvertidas fronteras-,
poesía intrusa, ecos de pregones de feria.

La gente guarda en sus bolsillos
boletos, monedas, pequeñas miserias,
ilusiones gastadas como zapatos de cartero,
esperanzas standard, estampitas de San Cayetano,
olvidos oportunos y palabras de amor que temen decir por telefonía móvil.
Una muchacha brilla sueños sin estrenar
en un anillo recién comprado, algo pálido
pero circular y diáfano.
Un jubilado sonríe
visitado por un recuerdo dulce
que pasará esta tarde.
Cuatro muchachos ayer niños hacen bromas tontas;
ignoran con sabiduría genética que llegará otro tiempo,
de rostros serios, jefes, insuficientes sueldos y amaneceres maldecidos;
pero hoy es juego y gurisas de uniforme a las que no saben qué decir.

La gente viaja al ritmo cansino
de una vida que no cumple horarios ni respeta paradas.
Se sabe que el único destino cierto
es el anunciado sobre el parabrisas,
y ni así.
Porfiados, pese a los pronósticos
-bíblicos, nihilistas, meteorológicos-
los pasajeros amanecen y van.
Saben sin saber
que lo que importa es llegar.
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