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domingo, 31 de julio de 2016

Un tibio sol

Hay días en que basta
con un tibio sol
para sentir que no se ha perdido todo.
Algunos días nos aferramos
a la esperanza de tener esperanza.

Hay otros días
en los que llueven adoquines
que ni siquiera nos matan.
En esos días el sol es una hoguera
donde se queman los sueños,
es un témpano que flota
sobre nuestras cabezas
como un cadáver errante.

Hay días en que estamos muy cansados
para saber cómo está el día.
Sólo tenemos
una certeza única,
clara;
una certeza sin fe
ni pretensiones.
Lo único que importa es levantarse
y construir
con paciencia de artesano
un tibio sol.

  

sábado, 30 de julio de 2016

Blanco

La pantalla me interroga. El cursor parpadea sobre el blanco que deja en segundos de ser inmaculado. Borro, no puedo aceptar mi propia estupidez y borro. Borr. Bor. Bo. B.
Retrocedo, indeciso. No puedo decir, pero hay cosas indecibles, inefables (no son sinónimos, pero casi). 
Como no tengo los nombres en los dedos, garabateo palabras innominadas. Anónimas. No son sinónimos ni de cerca.
La lengua se me va, no habla, no fabla, no fabula. No hay fábula, no hay cuento. No hay verso ni poesía. Versero, cuentero. ya ni me quedan títulos. Estoy como el papel que me gritaba su silencio en la Cónsul, aquella que aporreaba de pendejo en mi habitación de hippie. Estoy como la pantalla, blanco. Sin ideas, desideado. Desidia. Qué pobre lluvia de palabras parónimas que no mojan ni nombran.
Hay por ahí demonios que piden a gritos una crucifixión piadosa. Cruz y ficción, y a mí no me sale siquiera una ficción para atormentar a mis propios demonios, que han engordado tanto que ni siquiera se toman el trabajo de atormentarme. Hay por ahí ángeles que recorren descalzos kilómetros de sabanas por un litro de agua. Sistema métrico mortal, los matarán unos gramos de plomo porque sí, por pura práctica de la maldad. 
Y yo acá, sistema tétrico que dice mal, que no dice, que está indeciso, indeseable, indeleble a tintas que me salgan y me construyan. 
Blanco. Un puto blanco que ni para escribir sirve. Que se interroga demasiado, que va y retrocede. Retroced. 
Allá los ángeles, los demonios, las cosas y los nombres. 
Acá los dedos que lloran sin poder nombrar el dolor. Algo he de hacer, publicar, levantarme y vivir. Lavarme la cara y afrontar el día. Blanco manchado, contaminado de sol y sal, de vida. 

domingo, 24 de julio de 2016

Hospitales

Los hospitales se hacen con historias
que crecen y duermen en los pasillos
fríos. Hay milagros, llantos, anillos.
Hay grandes derrotas, pequeñas glorias.

Hay familias en vigilias, euforias
breves, dedos que fuman cigarrillos
ansiosos. Los muros son de ladrillos
y miedo. Las puertas son giratorias.

Los hospitales son blancos lugares
que los sabios prefieren evitar,
pero que elijen de ser necesario.

Los hospitales son el escenario
de necios, héroes, gozos, pesares;
son el espejo que odiamos mirar.

sábado, 23 de julio de 2016

Dejar facebook

Dejar facebook es como dejar de fumar.
Hace poco desactivé mi cuenta. Lo hice por una promesa: me prometí a mí mismo (qué disparate de redundancia en tan pocas palabras...) que si mi cuñado dejaba el CTI, yo dejaría facebook, y desactivé la cuenta (por las dudas no di un portazo, pero me estoy portando bien y no reincido). El argumento que me di (sí, ya sé que sería las delicias de cualquier psiquiatra, no es nada nuevo), es que no valía la pena perder tanto tiempo en una página web cuando la vida me reclama ahí nomás. Y aunque me da un poco de vergüenza decir que es una promesa, como si fuera un sacrificio significativo, lo cierto es que reflexionar ante lo valioso que es el mundo real y al mismo tiempo en su fragilidad, me dio una muy buena razón. Y un inicio.
Y sí, dejar facebook es lo más parecido que me pasó a dejar de fumar. Ando con los dedos inquietos por la calle, mirando el teléfono móvil a cada rato por si pasa algo, dudando en qué mirar primero cuando prendo la computadora. Y al mismo tiempo descubrí el tiempo (pucha que estoy jodido con la redundancia, hoy), así como un ex fumador descubre el olor de las flores. Estudio más, estoy más atento a lo que pasa alrededor, miro a la gente a los ojos cuando me habla y no bajo la cabeza al celular, mi jefe me ve hacer cosas interesantes en la computadora (todavía no me ve trabajar mucho, pero al menos es un comienzo). Sólo me falta adoptar la misma actitud que cuando dejé de fumar, o mejor dicho, no adoptar la actitud de misionero en plena campaña de mandato divino y no hablar en contra del hábito recién abandonado. Por las dudas, ¿vio? Quien le dice. Eso sí. Trato de andar sin encendedores en los bolsillos. Y borré la aplicación del celular. Ahora me dedico a llenar este blog de estupideces.
Lo lamento, querido lector. Cualquier cosa me puede hacer llegar una queja. Por facebook.

Míticas en elMontevideano

Nadie puede dudar del trabajo cultural que hace Hugo Giovanetti Viola a través de su página, elMontevideano. Un trabajo de una perseverancia de artesano, acercando a sus lectores autores que escapan de la prensa culturosa local, o que son mal y pobremente difundidos, en el caso de los más conocidos.
Me honra ser citado en su blog, ser difundido por este gran escritor y mejor persona. Me honra enormemente poder llamarlo amigo y maestro. Es de las cosas que me hacen sentir vivo y bien en este ambiente tan mezquino como es Tontovideo. Una ciudad que necesita urgentemente volver a ser Montevideo.
Les dejo a los dos o tres que entran a leer este blog (incluyendo a los señores del FBI que cada tanto entran a vigilarme, les ofrecería una taza de café pero va a llegar frío a sus oficinas de California).
Aquí está:
http://elmontevideanolaboratoriodeartes.blogspot.com.uy/2016/07/marcelo-sosa-miticas-3.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Elmontevideano-LaboratorioDeArtes+(elMontevideano+-+Laboratorio+de+Artes)

viernes, 22 de julio de 2016

Radiografía del pelotudo

Es posible que el título llame a confusión, que al leer uno se pregunte de qué pelotudo se trata. Es que la palabra no necesita demasiada explicación, uno tiene una idea general de su significado; entonces pensamos en que un ejemplar que pueda llamarse pelotudo tuvo un accidente esperable y se rompió en varias partes. Y no habría ninguna sorpresa, justamente por lo esperable del caso.
Pero no, la pretensión de este artículo es intentar describir al pelotudo como tipo humano. Insisto, es más fácil ejemplarizar (pelotudo es Fulano, por ejemplo) que describir, pero vamos a hacer el esfuerzo.
Para empezar, hay muchos. Por todos lados. Se diría que estamos rodeados de pelotudos. Basta con salir a la calle y ver cómo manejan, con prender la radio y la televisión y ver cómo hablan. Está lleno de pelotudos, así que no podemos decir precisamente que sean una minoría, pero sí podemos decir que la condición de pelotudo (vamos empezando por ahí: pelotudo se nace, y se perfecciona con el ejercicio) no responde a situación social, origen étnico, ni siquiera a nivel de instrucción, porque usted, querido lector, podrá corroborar que hay muchos pelotudos profesionales. Es decir, que ejercen alguna profesión (también hay los que cobran por ser pelotudos, pero ese es un caso especial, como el de los conductores televisivos o radiales que todos conocemos).
Luego es una condición no genética, ni siquiera tiene que ver con determinado grado de inteligencia. No, tiene que ver con una actitud y una facilidad para elegir la peor opción posible frente a una situación dada. Por ejemplo, el tipo que en el medio de un embotellamiento se descarga en la bocina. ¿Logra algo? No. Y entonces, ¿para qué lo hace? Esa no sería la pregunta adecuada, ya que no hay un para qué: el pelotudo no piensa: hace. O dice, que es una forma especial de hacer (y una de las preferidas del pelotudo). La pregunta es por qué. Y ahí la respuesta sale sola, sin necesidad de más elucubraciones: el tipo toca la bocina en un embotellamiento porque es un pelotudo. Tan sencillo como eso. Ahora bien, estamos hablando del que habitualmente termina haciendo cosas así, no del que alguna vez lo ha hecho. Y es que, como una genialidad ocasional no convierte a nadie en genio, una boludez no te hace boludo (permítanme por un instante el sinónimo, aunque hay quien los distingue; es que cansa la repetición y conviene variar un poco).
Entonces vamos forjando una descripción: es alguien que no piensa. Que usa el sentido común como común y no como sentido. Y podemos ver que trasciende el ámbito rioplatense del término. Cuando uno ve una película británica como Los caballeros de la mesa cuadrada, de los Monty Pyton (Monty Piton and the Holy Grial), obra maestra del absurdo, encuentra que escenas como el de la muchacha que es juzgada por brujería por pesar más que un ganso parecen sacadas de la vida real, porque todos conocemos gente que es capaz de hacer esas asociaciones. No sé como les dirán en Inglaterra a estos especímenes, pero sin duda se trata de pelotudos.
Así que haciendo un breve resumen podemos decir que el mundo está lleno (piense muy bien antes de preguntar "¿de qué?", no sea cosa que el subconsciente lo traicione).
Para finalizar, haremos un breve punteo.
El p. (y sí, repito que cansa, así que esta vez usaré abreviaturas) no piensa, hace.
El p. no dice, habla.
El p. no razona, opina.
El p. puede ser muy bueno en un área determinada, pero eso lo hace más peligroso, porque cree saber de todo.
El p. elije los foros donde pueda opinar de todo lo que no le preguntaron Y lo hará en proporción inversa a su conocimiento del asunto tratado. Elige preferentemente fútbol y política, más cuando tiene menos deportes que Utilísima y menos está dispuesto a hacer algo por cambiar el mundo.
El p. se ofende. Invariablemente. Hasta cuando uno le pregunta si tiene cambio.
El p. atrae a otros p. Mucho más si tiene un programa de radio. Entonces el p. oyente termina con la radio a todo volumen, importándole muy poco el resto del universo.
Como conclusión de lo anterior, el p. es básicamente egoísta.
El p. rara vez se sentirá identificado cuando uno hace una descripción de lo que es un p.

Por último, agradezco muchísimo su atención y complicidad. Después de escribir este artículo, me siento un poco más pelotudo, pero por el último punto sé que todavía no del todo.

domingo, 3 de julio de 2016

Relojes

Duermo bajo un cielo
de inevitables relojes
que bailan una sinfonía primordial.
Dios es un coreógrafo, quizás,
o un relojero, un matemático poeta.

Me deslizo en el breve tiempo
y trato de hacerlo con elegancia,
pero no es mi elemento y desentono en la canción.
Arriba los relojes ríen su mecánica metálica.
Inalcanzables como utopías
ignoran mis pequeños deseos
o tal vez los cumplen a su modo
metálico y perfecto.

Debo reconocerlo:
El Universo no conspira contra mí;
sólo me ve transcurrir inadaptado,
como un pato en un desfile de unicornios.
Sentarme, contemplar, fluir, luchar.
A lo mejor comprender y no intentar predecir,
y agradecer cada maravilla.
El Universo es un espejo
de la noche interna que me gobierna.

Se vislumbra,
allá,
el final de la caída;
o tal vez otro comienzo, no lo sé.
Volver a empezar, quizá como unicornio
en un desfile de patos.
Dios es un coreógrafo
de imprevisibles relojes.